ICOMOS Perú
LA AUTENTICIDAD Y EL PATRIMONIO CULTURAL DEL PERU
Dentro de la milenaria tradición cultural del Perú, podemos encontrar en las civilizaciones prehispánicas, especialmente de la Costa, la arraigada costumbre o ritual de reedificar en sucesivas capas muchas de sus construcciones, especialmente los templos: huacas o pirámides, cosa que también se da en las similares mejicanas.
Este fenómeno lo encontramos en culturas tan antiguas como Chavín (1,000-200 aC), pasando por la ahora famosa Moche (tumbas de Sipán), hasta la Chimú (1,100-400 dC). El imperio inca, de corta duración (1,400-1,532) pero de gran expansión geográfica, parece haber sido la excepción en esta costumbre de rehacer o recubrir, renovándolos, los antiguos edificios.
El material de muchas de estas construcciones: la tierra (adobe), madera y caña (quincha), propiciaba esta periódica renovación; muchas veces quizá forzada por los grandes movimientos sísmicos que periódicamente asolan nuestro territorio, ante los cuales las tecnologías constructivas prehispánicas resistían muy bien, pero no tanto las superficies profusamente decoradas con relieves de barro policromado, propicias a una periódica renovación.
Podríamos deducir pues, que el respeto a la autenticidad, aún en edificios sagrados como las huacas, no era el mismo concepto que se maneja actualmente.
Los españoles dieron preferencia inicialmente a sus sistemas constructivos en piedra, inclusive en la costa, donde era escasa, aunque también trajeron la tradicion andaluza y árabe por tanto, del ladrillo, la madera y el yeso. Los sismos pronto los convencieron de la ventaja de estos materiales ligeros y fácilmente renovables. Pronto tambien se retomó la tradición prehispánica de la madera y la caña: la quincha ya mencionada.
Vemos pues que los sismos han sido factores determinantes para las renovaciones de los edificios y por lo tanto, alteraciones a su "autenticidad", si entendemos ésta como referida a la forma original y al "fondo", o materiales y tecnología con que este edificio nació.
En la arquitectura peruana, muchas veces se ha conservado la forma, pero se ha alterado el fondo: los materiales constructivos. La Catedral de Lima por ejemplo, está cubierta de bóvedas nervadas de estilo gótico, que deberían ser de ladrillo o piedra, pero en realidad fueron rehechas en madera y caña.
El clima de la costa peruana, desértico, con mínima lluvia, permitió muchas veces que se representaran formas que correspondían a otros fondos o materiales: grandes cornisas que son huecas, anchos muros igualmente huecos o columnas clásicas donde lo que resiste es un pié derecho interior y el resto una cáscara tallada en madera. Este es el carácter escenográfico de la arquitectura limeña y costeña en general, que tanto disgustaba al notable escritor peruano Sebastián Salazar Bondy (Lima la Horrible), quien no entendió que esta característica es justamente una de las esencias de su autenticidad.
Las evoluciones estilísticas o las modas van a significar también periódicas renovaciones en el lenguaje o "ropaje" de los edificios, en este caso la forma, pero muchas veces no en el fondo. Es decir, podemos encontrar el casco de una casa colonial, con su estructura y materiales originales, que ha sido redecorada en estilo neoclásico y que finalmente ha recibido una fachada ecléctica. Cada una de estas modificaciones es auténtica en si y no desmerece el valor del conjunto, sino por el contrario, lo enriquece.
Claro esta que tampoco podemos aceptar los extremos del neocolonial, el estilo que como reacción a los modelos eclécticos importados de Europa, se nutre del lenguaje de la arquitectura virreinal y a veces de la prehispánica, como forma de rescatar una identidad o supuesta autenticidad cultural. El escritor García Calderón afirmaba en 1908: "En la historia estética de un pueblo, la imitación es el primer paso del difícil y paciente aprendizaje que permite originalidad en el futuro" (en P. Belaúnde: Perú, la Búsqueda de Raices Nacionales, 1994).
En las primeras décadas de este siglo, se llegará a pensar que el neocolonial sustituye con ventaja, tanto de formas como de materiales (ladrillo y concreto) a los originales edificios de adobe, quincha y hasta de piedra, perdiéndose por completo el concepto de autenticidad. Por ejemplo, los portales de piedra del siglo XVII y casi todo el perímetro de la Plaza Mayor de Lima, incluyendo los balcones de madera del XVIII y XIX, fueron demolidos en 1944 para dar paso a nuevos edificios neocoloniales que debían expresar "mejor" la categoría de la antigua capital virreinal; destruyéndose asi irónicamente una de las esencias urbanas originales de la ciudad. En el Cusco, se demolió en esta época una manzana entera de su centro histórico, que incluía la antigua Casa de Moneda, para levantar el nuevo hotel de turistas en neocolonial cusqueño. Despues del terremoto de 1950, se reconstruyen, alterando proporciones varios de los portales de la Plaza Mayor y se rehacen innecesariamente los balcones de madera de la planta alta.
Tendremos que esperar hasta la Carta de Venecia y la difusión de sus principios hecha en el Perú a partir de 1965, con la fundación del Comité Peruano de ICOMOS, por uno de sus firmantes, el Arq. Víctor Pimentel, para que se intente y se realice la conservación del patrimonio "con toda la riqueza de su autenticidad". Esto en cuanto a los monumentos históricos, ya que en el caso de los prehispánicos, muchos arqueólogos, influidos por la escuela mejicana, van a insistir en reconstruirlos intentando darles autenticidad al utilizar los mismos materiales, pero incurriendo en la hipótesis para completarlos, como sucedio en Puruchuco (Lima) y un pequeño sector de Chan Chan (Trujillo).
Como sucede siempre, del extremo de la sustitución de los monumentos, se pasó quizá a otro de excesivo purismo conservacionista, no en cuanto a la forma, que es lo correcto, sino en cuanto a las tecnologías y materiales tradicionales, que por cierto merecen el mayor respeto, pero que ante los inevitables grandes sismos y otras catástrofes naturales, van a requerir por lo general de la ayuda de refuerzos o nuevas estructuras internas, como ya lo aceptaba la Carta de Venecia en su artículo l0o.
Pero aún dentro del purismo respetuoso de tecnologías y materiales, se continuará en los sesenta con la costumbre de "pelar" las superficies internas y externas de los monumentos, perdiéndose otra esencia de su autenticidad: la decoración mural, que ahora sabemos era abundante en interiores y frecuente en exteriores.
Por otro lado, en el Cusco, muchas partes de monumentos "consolidadas" ligeramente después del gran terremoto de 1950, se han dañado nuevamente o desplomado en el sismo de 1986, de menor intensidad. En cambio, monumentos con refuerzos integralmente diseñados en los setenta (Plan COPESCO-Peru/ UNESCO) resistieron muy bien. Igual experiencia se ha tenido en Trujillo a raíz del terremoto de 1970.
Para el Perú, es muy del caso destacar el punto 11 del Documento de Nara sobre la Autenticidad, en el que se reconoce que los valores de ésta van a variar de cultura en cultura, e inclusive dentro de una misma cultura.
Finalmente, podemos afirmar que la realidad y experiencia cultural del Perú nos lleva a la mayor importancia de la autenticidad de la forma (volumen, espacio interior, decoración, color, etc.) y a la menor importancia de la autenticidad del "fondo" (materiales y tecnologías constructivas).
COMITE PERUANO DEL ICOMOS, 1996.
Arq. José Correa, Presidente